"Voy a intentar hablarles a ustedes del vino sin aludir ni a Baco, el dios del vino; ni a Noé, su inventor, ni al fraile DonPerignon, que adivinó el champán; ni al barón de Rotschild, que supo comprar las cubas y las botellas a tiempo; ni al caballo cartujano, ese elegante nieto del unicornio que mece sus añoranzas entre muy ilustres y vetustos caldos de oro. Uno se marca sus propias regalas del juego, entre las que incluye no pocas dificultades gratuitas, y uno a de procurar cumplirlas sin hacerse a si mismo demasiadas trampas. Hay un concepto deportivo de la existencia - recuérdese que se compite por una copa y una sonrisa - en el que lo que importa es el cómo se llega al resultado final y no el qué se logra con alcanzarlo. Acabo de decir que hay un concepto caballeresco de la vida al que un paladín no debe sustraerse por muchas copas que pudiere llevar a bordo. Tan sólo así tendrían sentido las palabras que me voy a permitir pronunciar ante ustedes.
Antes de seguir adelante me cumpliría aclararles que al primero de los héroes dichos- el dios romano propiciador del cachondeo que se trasiega en cristal- lo citaré un par de veces, indirectamente, no más por puras razones etimológicas y agazapado en voces derivadas.
William Congreve, dramaturgo inglés que vivió a caballo de los siglos XVI y XVII, decía que el beber era una diversión cristiana, desconocida de turcos y persas. En todo caso, a los cristianos nos queda un consuelo vedado a la morisma, que es el beber vino, siguiendo el consejo de P.Sirnond, cada vez que se nos presenta alguna de las cinco causas incitadoras al trago, a saber: la llegada del amigo al que se quiere festejar, la sed del momento que se confía saciar, la sed futura que se pretende evitar, la bondad del vino que se aspira a ensalzar o cualquier otro motivo no previsto entre los anteriores. Toda razón es buena y saludable para llenar y vaciar la copa y, en cualquier caso, no seré yo quien preconice seguir el ejemplo de los chiítas y otras suertes de herejes y arrojar el vino a donde fuere sin haberlo hecho pasar antes por el gaznate, para mejor gustarlo; por el bandujo, para mejor gozarlo, y por la conciencia, para mejor pensarlo y considerarlo. Cantemos el viejo himno de la picardía goliardesca, de la golfa y vital turbamulta de los medievales clérigos trashumantes -¡salud, oh vino de claro color! ¡salud, oh vino de sin igual sabor!- y pensemos que si la vida es breve, no debe haber circunstancia alguna que le reste lustre, ni gozo, ni eficacia. Es necio quien no ama el vino, las mujeres y las canciones, dijo el poeta Voss en palabras que suelen atribuirse a Lutero; no caigamos nosotros en la doméstica y ruda necedad de la abstinencia, la continencia y la sordera. Queden las virtudes por omisión para los legos, que los purpurados - y aun los meros misancantos- preferimos vivir y entonar la alabanza de las eternas bendiciones, esa misericordia que, para Balzac, quizá no sea más cosa que la cortesía del alma o, lo que intenta ser lo mismo, la gentileza del espíritu. Queden también la dejación y la resignación para los pacientes abnegados y sus vacas flacas y para los virtuosos de los cilicios de la carne -¡y allá cada cual!-, que aún quedan por el mundo abajo quienes piensan que a la ocasión la pintan calva, y que cuando pasan rábanos, lo mejor es compararlos antes de que huyan.




